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La Escala del Unicornio: DTF St. Louis

agosto 7, 2026 · por Hugo Vargas Lopez

A mí me fascinan los programas de murder mystery (en los que todo está enfocado en que el espectador vaya llevando su propia investigación sobre un asesinato y vaya sacando su propia lista de sospechosos y juntando pruebas). Obvio, de adolescente estaba súper enganchada con Pretty Little Liars (ya sé, el final y muchas cosas de la serie estuvieron terribles) y conforme fui creciendo he disfrutado muchas series así, incluso algunas con buena representación bi como Only Murders in the Building.

Hace poco llegó a mí la recomendación del nuevo murder mystery de HBO, la miniserie DTF St. Louis. Y mientras veía la serie, hubo un momento en el que dejé de preguntarme quién había sido el asesino, y en su lugar estaba más preocupada por el misterio de la sexualidad del protagonista. Lo que no podía sacarme de la cabeza era otra pregunta: ¿estoy viendo el despertar bi de este personaje o estoy leyendo mal la situación? Esa duda me acompañó durante los siete episodios. Cada nueva escena parecía acercarse un poco más a una respuesta para luego alejarse de ella otra vez. Cuando terminó la serie, seguía sin tener una conclusión clara y, curiosamente, creo que esa incertidumbre resume perfectamente mi experiencia viéndola.

Antes de continuar, aclaremos algunas cosas. En primer lugar, habrá SPOILERS — así que si odias los adelantos, te recomiendo que la veas y luego regreses. Esta serie está clasificada para mayores de 16 o 18 años, dependiendo de la región,  debido a su contenido de crimen, drama e insinuaciones sexuales explícitas. Por último, si quieres refrescarte la memoria con los detalles de nuestra métrica de calificación, puedes leerlos aquí. ¡Y no olvides echarle un vistazo a nuestra entrada en Media Bi aquí!

Creada por Steven Conrad para HBO, DTF St. Louis se presenta como una mezcla de comedia negra, thriller y drama sobre un aparente triángulo amoroso entre Floyd (David Harbour), su esposa Carol (Linda Cardellini) y Clark (Jason Bateman), el mejor amigo de Floyd. La historia comienza cuando Floyd, un intérprete de lengua de señas que trabaja en un noticiero local, aparece muerto en una alberca pública bajo circunstancias extrañas. A partir de ahí, la serie reconstruye los meses previos a su muerte mediante una narrativa no lineal que sigue tanto la investigación policial como la relación entre Floyd, su esposa Carol y Clark, un presentador del clima con quien desarrolla una amistad cada vez más profunda. Lo que inicia como un thriller sobre un posible asesinato pronto se convierte en una reflexión sobre la soledad, el deseo, la validación, la vulnerabilidad masculina y las distintas formas que puede adoptar el amor entre dos personas.

Como serie, me pareció muy diferente e interesante. Las actuaciones son excelentes, el guion constantemente combina humor con tragedia, al igual que está diseñado para causarle incomodidad al espectador. Creo que es una de las cosas más originales que he visto este año. Pero la Escala del Unicornio no evalúa qué tan buena es una serie; evalúa qué tan buena es su representación bi. Y ahí es donde DTF St. Louis me dejó con sentimientos encontrados.

Lo que me gustó

Si hay algo que DTF St. Louis hace excepcionalmente bien en cuestionar la forma en la que entendemos la intimidad masculina.

Durante décadas, el cine y la televisión nos han acostumbrado a que dos hombres emocionalmente vulnerables solo pueden terminar en uno de dos lugares: o descubren que están enamorados o la historia se encarga de reafirmar su heterosexualidad antes de que el público “malinterprete” la situación. DTF St. Louis parece querer escapar de esa dicotomía.

Imagen/HBO

David Harbour explicó en una entrevista para Men’s Health que una de las cosas que más le atrajo del proyecto fue precisamente esa mezcla entre una historia de crimen y una “amistad masculina íntima, extraña, llena de emoción”. Esa intención también aparece reflejada en buena parte de la conversación crítica alrededor de la serie. The New Yorker, por ejemplo, describió a Floyd y Clark como dos hombres que parecen existir en un mundo donde expresar afecto físico y emocional entre amigos no provoca sospechas inmediatas.

Ojalá viviéramos en un mundo así.

Resulta refrescante ver a dos hombres adultos diciéndose que se aman, abrazándose, cuidándose y hablándose con una vulnerabilidad que rara vez vemos en personajes masculinos. Clark escucha a Floyd sin burlarse de él. Floyd encuentra en Clark un espacio donde puede hablar de sus inseguridades, de su matrimonio y hasta de su cuerpo sin miedo al ridículo. 

En una parte de la investigación se descubre que Floyd había salido con alguien en la app de citas DTF St. Louis, creyendo que era mujer (por tener una fotografía de David Bowie) y que resultó ser un hombre apodado Modern Love. Posteriormente vemos una escena en la que Floyd y Modern Love se besan. Floyd explica después que lo besó porque no quería que se sintiera rechazado por ser gay. Y sí, esa explicación encaja con la enorme empatía que demuestra durante toda la serie. 

Sin embargo, la expresión de Floyd en esa escena es bastante curiosa y vulnerable. No demuestra que Floyd sea bi, pero tampoco la descarta. Y esa ambigüedad no surgió únicamente por el beso con Modern Love. La serie constantemente invita al espectador a cuestionar la naturaleza de la relación entre Floyd y Clark. Ahí están las escenas en el gimnasio, donde la cercanía física y emocional entre ambos se vuelve cada vez más evidente; los momentos en los que se confiesan sus inseguridades; las conversaciones sobre sentirse deseados; la manera en la que se busca subirle la autoestima a Floyd con posibles interacciones con hombres; e incluso la escena final en la que Clark intenta excitarse para demostrarle a Floyd que sigue siendo atractivo.

Y creo que esa ambigüedad, por sí sola, es suficiente para entender por qué tantos espectadores comenzaron a preguntarse exactamente lo mismo que yo. Incluso publicaciones LGBTQ interpretarán que Floyd estaba atravesando un despertar bil. Yo misma llegué a esa conclusión varias veces mientras veía la serie.

Aunque la serie nunca le da a Floyd una identidad definida, sí logra capturar algo que pocas veces vemos representado: la confusión que puede acompañar al descubrimiento de una atracción inesperada. No todas las personas bi tienen un momento de revelación claro o una certeza inmediata sobre lo que sienten. Para muchas, el proceso está lleno de dudas, intentos por racionalizar sus emociones y preguntas que tardan mucho tiempo en responderse.

También agradecí que la serie nunca tratara la posibilidad de que Floyd pudiera sentirse atraído por otro hombre como un chiste o una desviación moral. En ningún momento hay un discurso de rechazo hacia la bisexualidad o la homosexualidad, ni se presenta el beso con Modern Love como algo vergonzoso. Incluso cuando Floyd intenta explicar lo ocurrido, la serie evita juzgarlo o ridiculizarlo. Esa sensibilidad permite que el espectador contemple distintas interpretaciones sin que ninguna sea presentada como absurda o incorrecta. Aunque DTF St. Louis nunca desarrolla esa posibilidad hasta convertirla en representación bi propiamente dicha, sí construye un espacio donde esa lectura puede existir de forma genuina.

Imagen/HBO

Lo que no me gustó

El problema es que esa misma ambigüedad, que durante gran parte de la serie me pareció fascinante, terminó convirtiéndose en el mayor obstáculo de DTF St. Louis en cuanto a representación bi.

No exagero cuando digo que pasé los siete episodios preguntándome si iba a poder reseñar esta serie o si simplemente estaba leyendo demasiado entre líneas. Cada vez que pensaba que Floyd estaba a punto de reconocer una atracción hacia los hombres, la serie retrocedía. 

Y es precisamente ahí donde creo que DTF St. Louis se dispara en el pie.

David Harbour ha explicado que la intención de Steven Conrad era explorar una amistad masculina íntima y diferente a lo que solemos ver en pantalla. Ni la serie ni sus creadores han abordado la sexualidad de Floyd; las entrevistas se han centrado en describir la relación entre él y Clark como una amistad profunda. Esa explicación podría ser suficiente… si no viviéramos en un mundo marcado por la masculinidad tóxica y la homofobia. La serie utiliza un lenguaje audiovisual que inevitablemente invita a una lectura queer, y al no confirmar ni descartar esa interpretación, deja dividida a la crítica entre un despertar bi y una amistad masculina poco convencional. Esa ambigüedad termina siendo frustrante, porque deja al público debatiendo el potencial del personaje en lugar de la representación que realmente llegó a la pantalla.

Y ahí aparece mi mayor frustración.

No creo que DTF St. Louis hace queerbaiting en el sentido tradicional de la palabra. Nunca tuve la impresión de que la serie estuviera intentando venderse como una historia LGBTQ para atraer a una audiencia queer. Sin embargo, hubo varios momentos en los que sentí que rozaba esa línea. Desde el tráiler, la campaña promocional y, sobre todo, la forma en que están dirigidas muchas escenas entre Floyd y Clark, la posibilidad de un despertar bi está constantemente presente… solo para quedarse en posibilidad. 

Quizá Floyd era bi. Quizá no.

El problema es que la serie termina justo cuando parecía estar lista para explorar esa pregunta. Floyd muere antes de que él mismo tenga la oportunidad de reflexionar sobre sus sentimientos y antes de que cualquier posible atracción hacia los hombres deje de ser una insinuación para convertirse en una parte real de su desarrollo como personaje.

Como espectadora bi, sentí que la serie me invitó a hacerme una pregunta durante siete episodios sin tener ninguna intención de responderla. Esa decisión funciona perfectamente si el objetivo es hablar sobre la complejidad de la amistad masculina. Pero cuando se evalúa desde la representación bi, deja muy poco que analizar más allá del potencial que nunca llegó a desarrollarse.

Imagen/HBO

La calificación

DTF St. Louis es una serie muy interesante, y si nos quedamos con el análisis de la intimidad de una amistad masculina, es una serie muy buena, pero en cuanto a representación bi se queda corta.

No porque Floyd no pueda leerse como un personaje bi. Al contrario, creo que la serie deja suficientes elementos para que esa interpretación exista de forma legítima. El problema es que nunca decide desarrollarla. Su posible bisexualidad permanece suspendida entre la sugerencia y la ambigüedad hasta que la historia simplemente termina. 

Por eso mi calificación es la más baja que puedo darle, medio unicornio. No porque la serie trate mal la bisexualidad, sino porque, al final, lo único que nos ofrece es la posibilidad de una representación que nunca llega a convertirse en una realidad.