Giacomo Casanova fue un escritor, filósofo e infame amante de origen italiano cuyo nombre evoca la imagen del “Don Juan”, aunque en realidad, Casanova era bi.
Se graduó muy joven en la Universidad de Padua a los 17 años. Estudió derecho eclesiástico, pero su curiosidad lo llevó a la filosofía, la química y hasta llegó a desarrollar un gusto por la medicina, ya que consideraba la práctica médica como otra forma de apostar y probar su suerte en oficios similares a ser un embustero. “Deberían haberme permitido hacer mi voluntad y convertirme en médico, profesión en la que la charlatanería es aún más eficaz que incluso en la práctica jurídica”.
En lugar de eso, se convirtió en escribano del cardenal Acquaviva en Roma y permitiéndose ser audaz respecto a las expectativas de lo que involucraba su trabajo. Casanova estaba más interesado en la “librería prohibida” de la Iglesia y en escribir cartas de amor clandestinas para sus colegas, pero lo corrieron tras verse implicado en un escándalo de relaciones entre otros dos cardenales. A los 21, trató de volverse un apostador profesional, pero se involucró demasiado y acabó tocando el violín en el Teatro San Samuele. Casanova estaba cansado con el trabajo repetitivo y a menudo poco respetado que realizaba como músico, pero su suerte cambió cuando se encontró en el lugar adecuado en el momento oportuno para salvar la vida del exitoso senador Bragadin. Debido a su corta edad y a sus amplios conocimientos, el senador y sus amigos creyeron que Casanova poseía conocimientos ocultos y se apresuraron a invitarle a su circulo íntimo que llevaba un estilo de vida cabalístico. Casanova se convirtió en un aliado vitalicio del senador. Este mecenazgo dio lugar al Casanova que conocemos hoy. Vestía magníficos trajes, llevaba el pelo rizado y empolvado y pasaba gran parte de su tiempo manipulando y seduciendo a otras personas.

Casanova era todo un maestro de las bromas pesadas, llegando a desenterra un cadáver para llevar a cabo una de sus bromas contra uno de sus enemigos, pero la víctima quedó paralizada y nunca se recuperó, lo que obligó a Casanova a huir de Italia y por lo tanto pedería el apoyo del senador. Tras lidiar con otros obstáculos y tener un apasionado romance de tres meses con una mujer llamada Henriette, Casanova decidió emprender una “gran gira”, marchándose de París en 1750. Esto le permitió viajar entre ciudades, realizando seducciones y actos lascivos que podrían rivalizar con la ópera mejor escrita. Casanova tenía afición por relacionarse con grupos clandestinos y pronto se unió a las filas de los masones.
La reputación de Casanova empezó a pasarle factura y era expulsado constantemente de cualquier ciudad o provincia que frecuentara. En julio de 1755, a la edad de 30 años, Casanova fue finalmente arrestado por ofensas a la religión y a la decencia común. Gracias a mucha presión por parte de su mecenas Bragadin y tras dos intentos de fuga, finalmente fue puesto en libertad y regresó a París el 5 de enero de 1757. Casanova volvió a hacer honor a su gran reputación, afirmando ser miembro de la “Orden de la Rosacruz” (un movimiento ocultista) además de alquimista para aprovechar el repentino interés de la aristocracia por encontrar la “piedra filosofal”, y se benefició grandiosamente de sus continuas estafas..
Pasó la década de 1760 viajando por Europa, Italia y Rusia, aunque sus hazañas del pasado nunca quedaron muy lejos. Para ese entonces, Casanova había adoptado la imagen de partisano exitoso, en notable contraste con su creciente reputación de sinvergüenza sin escrúpulos. Sus viajes terminaron con algunos duelos — uno de los cuales casi le cuesta la vida — y fue condenado al ostracismo por el Papa y por la nación francesa. Regresó a Venecia en septiembre de 1774, tras dieciocho años de exilio. Los últimos años de Casanova se relatan como aburridos y frustrantes por partes iguales, ya que intentó vivir de sus escritos, pero cada vez estaba más desencantado con su pasado y se convirtió en una especie de ermitaño hasta su muerte, el 4 de junio de 1798. La soledad le proporcionó el mejor escenario para escribir sus memorias, sin las cuales, probablemente, no habría saltado a la fama.
A menudo afirmaba ser un “agente libre”, y hacia el final de su vida, escribió sobre cómo sus actos eran una mezcla de buenos y malos. En más de 120 relatos, a lo largo de sus memorias en varios volúmenes, cuenta con lujo de detalles sus encuentros íntimos con hombres y mujeres.
El propio Casanova admitió que podía llegar a ser manipulador en sus hazañas, pero que intentaba ser lo que él mismo consideraba el “acompañante ideal”: servicial y encantador, buscando el consentimiento mutuo en beneficio de todos los implicados, pero admitiendo haberse desviado del camino en ocasiones, también documentadas en sus memorias.
Casanova no es sólo el amante ingenioso y encantadoramente simpático que la historia recuerda, sino también alguien con una moral profundamente fallida, y quien fácilmente podría considerarse uno de los grandes caos bi de la historia.