Skip to content

Cómo el identificarme como bi y demi me ayudó a tener más confianza en mí misma

Bi Stories

En varias fiestas de graduación de mis amigos, después de haber jugado voleibol y comido hasta más no poder, nos sentábamos en círculo y jugábamos la versión floja de verdad o reto: verdad o verdad. Una persona hace una pregunta reveladora y todos los demás responden.

La pregunta que yo temía era: “¿Cuál es la celebridad con la que tienes un crush?”

A los 17 años, nunca había tenido uno. Cuando alguien me hacía esta pregunta, me quedaba mirando al pasto y me entraba el pánico. Mis amigos nombraban a Taylor Lautner, Channing Tatum, Miley Cyrus o Taylor Swift. Sabía quiénes eran esas personas, claro. Pero nunca había sentido ningún tipo de atracción hacia ellas.

Cuando se acercaba mi turno, intenté pensar en algún famoso. Cualquiera serviría, pero lo ideal sería alguien que nadie conociera y cuyo nombre olvidaran rápidamente. No podía dejar que mis amigos supieran lo rota que estaba. La mayoría de mis amigos no eran deportistas, pero a mí me gustaba mucho el tenis, así que opté por mi favorito, Rafael Nadal. Y tener esa respuesta estándar hizo que el juego fuera un poco menos aterrador. Sin embargo, no me hizo menos mentirosa. Aún no sabía cómo reconocer la verdad.

Antes de enamorarme por primera vez de alguien de mi mismo sexo, me identificaba, aregañadientes, como heterosexual. A primera vista, parecía correcto, era una mujer que tenia crushes en hombres, pero la etiqueta me parecía incompleta. Comparada a mis compañeros de clase y, más tarde, con mis compañeros de trabajo, tuve muchos menos crushes. Otros se sentían atraídos a menudo por otros desconocidos, pero la capacidad de juzgar el atractivo de alguien en el momento me era ajena.

En la última década de los 2000 y principios de los 2010, no había oído hablar de etiquetas como la asexualidad. Típicamente definida como un sentimiento de atracción sexual nulo, la estadística más comúnmente citada es que el 1% de la población es asexual. Incluso cuando oí el término “ace” (asexual), no me pareció del todo correcto. Había sentido una atracción sexual muy limitada, por lo que “ace” no se aplicaba a mí y, sin embargo, “heterosexual” seguía sin encajar conmigo. Me sentía totalmente sola. En el 2014, sin embargo, conocí la Red de Visibilidad y Educación Asexual (AVEN por sus siglas en inglés). Allí aprendí que el ace era más que una cosa única y estrechamente definida: era un espectro. Dentro de él había una serie de etiquetas de identidad, incluyendo “grissexual” y “demisexual” o demi. Esta última me resultó especialmente interesante. AVEN define demi como “no sentir atracción sexual hacia otras personas a menos que se haya establecido un fuerte vínculo emocional”. El Centro de Recursos para la Demisexualidad señala que los sentimientos de alienación son comunes, al igual que la sensación de estar rota que me perseguía.

Aquel día, sentada frente a mi laptop, sentí un sentimiento de reconocimiento. Todos mis crushes — los tres, en aquel entonces — habían sido con mis amigas. Nos conocíamos desde hace años antes de que yo sintiera ese sentimiento de atracción. No sabía que existiera una palabra para describirlo. Después empecé a buscar demisexual en Google. Lo que encontré fue decepcionante: La demisexualidad no era una orientación ampliamente aceptada. La asexualidad estaba al margen, pero a los demisexuales en particular se les consideraba demasiado dramáticos. Aunque la reputación de la identidad ha mejorado desde entonces, incluso el libro ACE de Angela Chen del 2020 señalaba que “Los demisexuales […] a menudo son objeto de burla”.

El sentimiento de pertenencia que había sentido en los foros de AVEN se había evaporado. Decidí que tenía que investigar más y saber más de esto. Pero el miedo fue más fuerte que mi curiosidad por durante un tiempo. Pospuse mi autoexploración durante varios años.

En el 2018, tuve mi primer crush del mismo sexo. Fue el personaje Gamora en Guardianes de la Galaxia, interpretada por Zoe Saldana. Mis amigos y yo ya no jugábamos a verdad o verdad, pero una parte de mí deseaba que lo hiciéramos para poder elegir a Gamora y decirlo en serio. Por fin.

Pero al igual que “hetero”, la etiqueta “bi” también me parecía incompleta. La frecuencia de mis “enamoramientos” no había cambiado. Sólo había experimentado cinco durante mis 25 años de vida, lo cual es poco. Tenía amigos que encontraban atractivas a cinco personas en un día. Necesitaba una palabra para definir mi frecuencia.

¿Era bi? ¿Demi? ¿Podría ser ambas cosas?

En los años transcurridos desde el 2014, la asexualidad ha recibido más atención, tanto por parte del mundo académico como de los medios de comunicación, incluidos medios como la BBC, Elle y Men’s Health.

Nuevas investigaciones, incluido el libro de Chen, que exploró las experiencias vividas de los aces. Chen hizo una distinción entre la asexualidad y la demisexualidad que me resultó especialmente útil: “La asexualidad se refiere a quién te atrae sexualmente: nadie. La demisexualidad describe las condiciones en las que alguien desarrolla su atracción sexual (después de que se haya formado un vínculo emocional).”

En resumen, “demisexual” no sustituye a “bi”, sino que lo completaba. No necesitaba elegir.

Al principio tenía mis dudas. No quería dos etiquetas. Sería confuso para mis amigos y mi familia. Tendría que dar explicaciones si salía el tema de la sexualidad en una conversación, y ¿realmente quería esa presión?

La demisexualidad era más aceptada que antes, pero seguía temiendo que la gente dijera: Sólo quieres sentirte especial.

Tardé unos meses en deshacerme de esos pensamientos. No hay nada malo en usar varias etiquetas. A veces hacen falta dos para ser claros y precisos. Poner nombre a nuestras experiencias nos da autonomía. Nos ayuda a sentirnos poderosos y en control de nuestras vidas. En este sentido, Meg-John Barker y Jules Scheele escribieron en Sexuality: A Graphic Guide: “Las etiquetas ayudan a las personas a dar sentido a sus atracciones, a sentirse legítimas, a encontrar comunidades de apoyo y a luchar por sus derechos”. Sin embargo, en la frase siguiente, Barker y Scheele señalan que las etiquetas no siempre son útiles. Crean una oportunidad para la discriminación y pueden presionar a las personas para que “se ajusten a nuevas normas”.

Las etiquetas pueden ser útiles, pero también perjudiciales. En mi caso, ser capaz de decir por quién me siento atraída, así como la frecuencia de esas atracciones, me ha aportado una paz sorprendente. La mayoría de mis biografías me identifican como bi/demi. Por ahora, estas etiquetas funcionan para mí.

Puede que mi percepción de mí misma cambie más adelante y necesite nuevas etiquetas. Pero eso está bien. También lo es cambiar, abandonar o ajustar esas etiquetas. Nada está escrito en piedra — yo ya no tengo que mentir.

Y esa es una cosa increíblemente liberadora.

Si deseas compartir tu propia historia bi, envíanos un correo electrónico a [email protected].