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Plata quemada

Bi Media

Image/Netflix

Plata Quemada (2000), dirigida por Marcelo Piñeyro y basada en la novela homónima de Ricardo Piglia, nos presenta una de las representaciones cinematográficas más relevantes — y a la vez más problemáticas — de relaciones afectivas y eróticas entre hombres en el cine latinoamericano. Ambientada en los años 60, la película relata un violento asalto bancario en Buenos Aires, ejecutado por una banda de criminales, entre ellos el Nene Brignone (Leonardo Sbaraglia) y Ángel Dorda, apodado “el Gaucho” (Eduardo Noriega). 

Lo que hace significativa a Plata Quemada desde una perspectiva bi es lo que no dice: como es habitual en muchas narrativas latinoamericanas, la bisexualidad está presente, pero raramente nombrada. La relación entre el Nene y Ángel es intensa, afectiva, física y central para el relato, pero nunca etiquetada con claridad. Este silencio, más que neutral, forma parte de una tradición narrativa donde las disidencias sexuales se sugieren o codifican, pero rara vez se articulan. Rescatar y revisar esta película resulta relevante para un análisis contemporáneo de la representación bisexual en América Latina. No solo porque ofrece uno de los pocos ejemplos de intimidad masculina compleja en el cine de la región, sino porque nos permite reflexionar sobre cómo ha sido históricamente representada — y borrada — la bisexualidad latinoamericana. Como antecedente cultural, Plata Quemada ofrece claves importantes para pensar en los modos en que el deseo no normativo ha sido narrado entre los márgenes del crimen, la pasión, el silencio y la violencia.

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La historia comienza con el asalto a un furgón blindado, tras lo cual los criminales huyen a Uruguay. La persecución policial tiene un dramático final donde los protagonistas, acorralados en un apartamento de Montevideo, sostienen un enfrentamiento que durará más de 15 horas contra las fuerzas policiales. Esta historia es el telón de fondo para una exploración profunda de las relaciones entre los personajes principales.

La bisexualidad en Plata Quemada nunca se menciona, sino que se construye a través de la representación visual y narrativa de la relación entre los protagonistas. El vínculo entre el Nene y Ángel trasciende la camaradería criminal para convertirse en una compleja relación íntima y afectiva. La película muestra escenas de contacto físico entre ellos, miradas cargadas de deseo y momentos de ternura que contrastan con la brutalidad del mundo criminal en el que se desenvuelven: los hombres comparten la cama, se abrazan en momentos de crisis, se tocan con una confianza casi ritual, y se miran con una intensidad que elude toda ambigüedad. 

En una de las secuencias más cargadas de intimidad, el Nene sostiene a Ángel desnudo, con una mezcla de deseo y protección, mientras el cuerpo del otro tiembla por los efectos de una crisis epiléptica. En otra, antes del atraco, comparten un momento de calma y cercanía física que se asemeja a la ternura de una pareja, lejos del mundo hostil que los rodea. Piñeyro utiliza primeros planos, iluminación tenue y una banda sonora que acentúa la carga emocional de estas escenas. Estos momentos contrastan con la violencia extrema que caracteriza el entorno en el que viven, lo cual enfatiza aún más la autenticidad de su conexión. La película no reduce su relación a lo sexual, ni la convierte en objeto de morbo, pero tampoco la reivindica como una historia de amor. En lugar de eso, construye una narrativa ambigua y poderosa, donde el deseo entre hombres se presenta como un hecho cotidiano, orgánico, pero también cargado de tragedia y clandestinidad.

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Como señalan diversos críticos, se trata de una película de “mucha fuerza y mucho músculo”, que funciona como un filme de acción marcadamente masculino. Esta combinación de elementos resulta fundamental para la representación de la bisexualidad, pues desafía la asociación tradicional entre el deseo homoerótico y la feminidad, ofreciendo un espacio para su manifestación. No se trata de afirmar que la hipermasculinidad sea más legítima que otras formas de expresión de género, sino de reconocer que, en el contexto específico del cine latinoamericano de fines de los 90 e inicios del 2000, la masculinización de los personajes fue una estrategia narrativa clave para hacer posible, y aceptable, contar una historia donde el deseo entre hombres no es ridiculizado ni castigado, sino vivido como parte esencial de la trama. No hay etiquetas, ni declaraciones, ni discursos identitarios. Sin embargo, esta omisión no implica ausencia. Por el contrario, es esa invisibilización la que permitió su visibilización. En un contexto cinematográfico y cultural dominado por el machismo, la censura y la heteronorma, esta estrategia —visibilizar sin declarar— puede leerse como una forma de resistencia narrativa, y también revela los límites de su tiempo: la única manera de representar esta forma de deseo fue ocultándola bajo capas de masculinidad dura y tragedia inevitable.

Plata Quemada encarna lo que podríamos llamar el “código del secreto” de la bisexualidad latina: una lógica cultural donde el deseo existe e incluso puede mostrarse, pero no nombrarse. Esta operación de visibilidad sin declaración ha sido una estrategia de supervivencia en contextos atravesados por el machismo, la homofobia y la censura moral. Más que una carencia, esta omisión funciona como un modo cultural de articular lo inarticulable. Es una visibilidad negociada, condicionada, pero poderosa. Y aunque hoy demandamos representaciones más explícitas, más diversas y más libres, no podemos olvidar que, durante mucho tiempo, este código fue la única manera posible de contar nuestras historias.

El director, Marcelo Piñeyro, equilibra estas dimensiones emocionales con la representación del mundo criminal sin caer en estereotipos. Como señalan los escritores Fernando Marías y Marcelo Luján, se trata de una película “de mucha fuerza y mucho músculo” que funciona como una película de acción, muy masculina. Esta combinación de elementos es importante para la representación bi, pues desafía la asociación tradicional entre deseo homoerótico y feminidad, y ofrece al mismo tiempo un espacio para su representación. Es una historia de acción, no un drama romántico. La relación entre el Nene y Giselle (Leticia Brédice), una prostituta con quien establece un vínculo afectivo, complementa su relación con Ángel sin presentarlas como contradictorias. Esta construcción narrativa ofrece una representación bi que no se presenta como una identidad dividida entre la atracción hacia hombres y mujeres, sino como una experiencia afectiva fluida que no necesita etiquetas.

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La complejidad (o el acierto) de “Plata Quemada” reside en cómo integra la sexualidad de los personajes a la historia sin convertirla en el eje central de la trama. La bisexualidad no se presenta como una característica definitoria ni como un conflicto, sino como un rasgo más de la configuración de los protagonistas. Esta elección puede interpretarse desde dos ángulos. Por un lado, es posible leerla como una forma de invisibilización, al evitar nombrar o profundizar en las implicaciones de esa sexualidad, especialmente en un contexto donde las personas bisexuales han sido borradas o reducidas a estereotipos. Pero, por otro lado, puede entenderse como una apuesta por la normalización: mostrar que el deseo entre hombres no necesita una justificación, una etiqueta ni un discurso explicativo para tener lugar en la pantalla. Al no convertir su orientación en el eje narrativo, la película evita reducir a los protagonistas a una categoría identitaria, y les permite existir como sujetos complejos: criminales, amantes, fugitivos.

La recepción crítica de Plata Quemada resulta significativa para entender cómo se perciben las representaciones de la bisexualidad masculina en Latinoamérica. La película recibió el Goya a la Mejor Película Extranjera de Habla Hispana en 2001 y fue elogiada por su intensidad dramática y sus actuaciones. Algo similar sucedió en 2001 con Y tu mamá también de Alfonso Cuarón, que resultó ganadora del premio del Círculo de Críticos de Cine de Nueva York como mejor película en lengua extranjera. Sin embargo, la discusión sobre la sexualidad de los personajes de Plata quemada, quedó, en su tiempo, subordinada al análisis sobre la violencia y el género policiaco.

A más de veinte años de su estreno, Plata Quemada sigue siendo una obra crucial para pensar la representación bisexual en el cine latinoamericano. Su mayor logro no está en ofrecer una narrativa identitaria clara o en levantar una bandera, sino en mostrar que la bisexualidad en el cine es una constante, incluso en el latinoamericano. En un contexto donde la bisexualidad masculina sigue siendo invisibilizada o malinterpretada, la película ofrece una forma de reconocimiento desde la ambigüedad, desde el silencio y la codificación.