Flower (interpretada por Sheila Carrasco) es uno de los espíritus más queridos que aparece en Fantasmas (2021-), la adaptación estadounidense de la serie británica con el mismo nombre. Una caprichosa hippie de los años 60, Flower murió en 1969 tras intentar abrazar a un oso mientras estaba drogada con hongos alucinógenos en la mansión Woodstone. En el más allá, aporta ese mismo encanto y caos gentil mientras se queda en Woodstone, donde convive con otros fantasmas de épocas muy diferentes. Aunque al principio ella es retratada como poco más que una hippie despistada, Flower emerge a lo largo de la serie como un personaje reflexivo y complejo.
Como fantasma, Flower es conocida por su aura psicodélica, literalmente. Cuando los vivos la atraviesan, experimentan visiones alucinógenas, una extensión de su estilo de vida libre y amoroso. Pero más allá de sus poderes, Flower se define por su profunda capacidad emocional. En los primeros episodios, se caracteriza por sus respuestas incongruentes, su lógica de fumadora de marihuana y sus réplicas de “haz el amor y no la guerra”. Pero en el episodio 7 de la primera temporada, “El artículo de Flor”, descubrimos que participó en el robo de un banco durante su época en la comuna, no por codicia, sino por la decepción que le causaba la falta de acción de parte de su comunidad.
Su bisexualidad no se presenta como una revelación, sino como parte de ella. Desde el momento en que la conocemos, Flower habla libremente de sus experiencias pasadas con hombres y mujeres, siempre con cariño. En el episodio 6 de la primera temporada, “La mujer de Pete”, recuerda con naturalidad haber tenido un trío con una mujer y un bajista que formaba parte de su comuna. Más tarde, en el episodio 15 de la segunda temporada, “Una fecha para el recuerdo”, menciona una relación con una mujer llamada Moonchild con el mismo amor que reserva para Ira, su difunto prometido. Estas menciones pasajeras no se tratan como bromas o sorpresas para incitar shock, sino como parte de su historia, y la identidad de Flower como mujer queer que se normaliza y se respeta dentro del grupo de fantasmas.
Esa mentalidad abierta se extiende en su otra vida, especialmente en su creciente relación romántica con el fantasma vikingo Thorfinn. Desde la primera temporada de la serie, existe una tensión coqueta entre los dos: la personalidad brusca y posesiva de Thorfin contrasta fuertemente con la despreocupada indiferencia de Flower. Su romance florece bajo la superficie, pero ocasionalmente sale a la superficie cuando uno de los dos está en peligro (o se cree que ha sido “absorbido” por el más allá). Pero en lugar de desenvolverse en una bonita historia de amor, Fantasmas (2021-) lleva su relación por un camino aún más queer e interesante en la tercera temporada.
Tras la desaparición repentina y temporal de Flower (inicialmente se creyó que la habían “succionado”, pero más tarde se revela que se había caído a un pozo), Thor se encuentra devastado. Pero una vez que encuentran a Flower, ella regresa y descubre que Thor, en su dolor, se ha acercado emocionalmente a Nancy, el fantasma del cólera que vive en el sótano y es conocida por su sarcasmo y su personalidad grosera. En lugar de desencadenar un triángulo amoroso mezquino, Fantasmas (2021-) sorprende a su público: Flower, tras cierta confusión en el inicio, acepta la idea de una relación entre los tres. Los tres fantasmas entran en una dinámica consensual y poliamorosa que, aunque complicada y poco convencional, se centra en el respeto y el afecto mutuos.
La serie trata la relación entre los tres con su característica mezcla de humor y sinceridad. En el episodio 7 de la tercera temporada, “El espíritu burlón”, el trío intenta navegar por los límites y los celos en el más allá. No siempre es fácil, pero la serie deja espacio para conversaciones reales sobre el amor, el dolor y las complejidades de las relaciones no monógamas. El resultado es una rara representación de una conexión queer y poliamorosa que se siente genuina y divertida sin ser nunca reduccionista.
La bisexualidad de Flower nunca se debate, ni tampoco se minimiza o se considera como un estado patológico. Es simplemente parte de su identidad, entretejida en los capítulos de sus experiencias vitales (y después de su muerte). No se avergüenza ni se le considera como una excepción por su identidad queer. En cambio, vive y ama de una manera que refleja sus valores: radicalmente inclusiva, emocionalmente fluida y llena de generosidad.
En el amplio panorama de los medios en el que los personajes bisexuales siguen siendo reducidos a estereotipos malos con demasiada frecuencia, Flower destaca entre ellos. Ella no solo es bi, sino más bien es una persona bi sin riendas y no se disculpa por serlo.