Ángel Dorda, conocido como “el Gaucho”, es uno de los protagonistas de Plata Quemada (2000), la adaptación cinematográfica dirigida por Marcelo Piñeyro basada en la novela homónima de Ricardo Piglia. Interpretado por el actor español Eduardo Noriega, el personaje encarna a un hombre emocionalmente inestable y violento, pero también vulnerable y profundamente enamorado de su compañero de crimen, el Nene Brignone (interpretado por Leonardo Sbaraglia).
Ambientada en 1965, la película narra el audaz robo a un furgón blindado por parte de una banda de delincuentes, seguido de una huida prolongada y brutal que culmina en un cerco policial en Uruguay. En este contexto, Ángel y Nene trascienden su complicidad criminal: su relación íntima y afectiva constituye el núcleo emocional de la narrativa.
Desde su primera aparición compartida, el vínculo entre ambos personajes excede la mera camaradería. Comparten cama, intercambian caricias y miradas intensas, y desarrollan una dependencia emocional que el filme retrata sin ambigüedades — el narrador lo explicita desde los primeros minutos. Aunque el término “bisexual” nunca se pronuncia — como es habitual en el cine latinoamericano — su relación es inequívocamente amorosa y sexual.
Ángel es un personaje marcado por el trauma. La película sugiere que escucha voces y padece episodios psicóticos, volviéndolo impredecible. Capaz de una violencia extrema, su paranoia lo aísla incluso de sus compañeros. Sin embargo, su conexión con Nene funciona como ancla emocional. Es con él donde Ángel revela su lado más tierno y humano. En medio del caos delictivo y su deterioro mental, ese amor se erige como su única certeza.

A lo largo del filme, Ángel mantiene también encuentros sexuales con mujeres. Estas escenas, retratadas con menor carga emocional que sus interacciones con Nene, enfatizan la diversidad del deseo bisexual. Lejos de caer en estereotipos como la hipersexualización o la traición, la película presenta el deseo de Ángel como caótico pero sincero, añadiendo capas de humanidad a su representación.
El clímax narrativo y emocional ocurre durante el asedio policial en Montevideo, donde Ángel y Nene resisten juntos por más de 15 horas antes de morir. Esta lealtad mutua — que evoca las historias de amor trágicas del cine clásico, pero con un giro queer — transforma su relato en una suerte de Bonnie and Clyde bisexual. Su devoción los eleva a figuras de un romanticismo oscuro y subversivo.
La representación de Ángel es significativa por tres razones: primero, por su visibilidad como hombre bi en un thriller policial latinoamericano del 2000, época en que estos personajes eran raros y frecuentemente caricaturizados; segundo, porque la película trata su relación con respeto, sin burlas ni marginalización; y tercero, porque retrata la bisexualidad masculina en toda su complejidad — afectiva, erótica, contradictoria y poderosa. Su marginalidad radica en su condición de criminales, no en su sexualidad.
La actuación de Noriega es clave para este equilibrio. Evitando afectaciones o clichés, construye a un Ángel frágil, violento y apasionado. Su interpretación contenida pero cargada de tensión hace creíble tanto su peligrosidad como su ternura. La química con Sbaraglia — palpable y orgánica — cimienta la credibilidad del romance central: una relación amorosa entre dos hombres bisexuales, libre de didactismos.
En un contexto donde la bisexualidad masculina sigue siendo invisibilizada o problematizada, Ángel Dorda emerge como una alternativa poderosa: un personaje bi que no es accesorio ni está al servicio de una narrativa heterocentrada. Antihéroe, amante y figura trágica, su autenticidad lo consolida como un hito en la representación bisexual del cine.