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La escala del unicornio: Heated Rivalry

Imagen/The New Republic

mayo 18, 2026 · por Amalia Huerta

Cuando era niño, tenía crushes por muchos atletas. Especialmente durante las Olimpiadas: veía gimnasia, natación, atletismo, hockey, cualquier disciplina y sentía una mezcla de admiración y fascinación difícil de explicar. Sin embargo, dentro de todo lo que la sociedad me enseñó en ese momento, jamás se me ocurrió que alguno de esos atletas pudiera ser queer. Los cuerpos que admiraba estaban codificados como estrictamente heterosexuales, símbolos de una masculinidad incuestionable y cerrada.

Recuerdo mirar el deporte no solo como competencia, sino también como espectáculo: la entrega física, la intensidad emocional, la cercanía entre cuerpos. Es a partir de ese recuerdo que Heated Rivalry se volvió en una serie que tenía que ver.

¡Advertencia de SPOILERS! Antes de continuar con esta reseña, quiero que sepan que se revelarán detalles importantes sobre lo que ocurre dentro y fuera de la cancha de hockey en Heated Rivalry. Si aún no has visto la serie, lo mejor es detenerte aquí y regresar después de terminarla.

La serie sigue a jugadores de hockey profesional. Shane Hollander, estrella canadiense de los Montreal Metros, e Ilya Rozanov, prodigio ruso de los Boston Raiders. En público, son rivales feroces; en privado, mantienen durante años una relación sexual y emocional secreta que evoluciona de encuentros casuales a algo mucho más profundo, mientras ambos navegan por sus carreras, su imagen pública y su identidad.

Lo que me gustó:

Lo que más me gustó de Heated Rivalry es que la bisexualidad de Ilya Rozanov se establece desde el primer episodio, sin rodeos ni ambigüedades. En los primeros minutos, la relación con Shane se construye a partir de rivalidad, tensión y un deseo apenas contenido, lo que deja claro que Ilya es un personaje marcado por las exigencias de una masculinidad extrema.

A lo largo del primer año narrado, la serie muestra dos encuentros sexuales entre ambos antes de ofrecer cualquier otro contexto sobre la vida íntima de Ilya. El deseo simplemente ocurre, sin necesidad de justificaciones. Mientras Shane se muestra nervioso, ya que es su primera experiencia con un hombre, Ilya actúa seguro y con experiencia. Ese momento en el que Ilya aclara que no es la primera vez para él resulta fundamental: sin etiquetas ni discursos, la serie establece que su atracción hacia hombres no es nueva ni circunstancial, sino parte de su identidad.

Lo valioso de Heated Rivalry es que no presenta a Shane como el “despertar” de la bisexualidad de Ilya. Él no está descubriéndose ni experimentando algo prohibido por primera vez. Esto queda claro al final del primer episodio, cuando aparece Svetlana, una amiga cercana de Rusia con la que mantiene una relación sexual esporádica.

En otra escena, en el cuarto episodio, Ilya habla de Svetlana, presentándola como una amiga cercana de Rusia con la que mantiene una relación sexual esporádica, pero sin compromiso. Al describirla como “una mujer regular” y algo cómodo, Ilya intenta encajar su vida afectiva dentro de una lógica heterosexual funcional, casi rutinaria, que refuerza la idea de normalidad que se espera de él.

Ilya también habla con una franqueza deslumbrante, tratando el deseo como algo simple y no problemático, mientras que Shane responde con sarcasmo y defensas emocionales. El intercambio termina con una frase provocadora que vuelve a cargar la escena de tensión sexual, dejando claro que, aunque ambos intenten minimizarlo, la atracción entre ellos es explícita y constante.

También aprecio que Ilya no tenga que renunciar a su deseo por las mujeres para que su amor por Shane sea creíble, y eso es algo que pocas series logran sin caer en simplificaciones.

Hacia el final de la serie la intensidad sexual disminuye para dar paso a una representación más real y emocional de la relación, y eso lo agradezco demasiado. El episodio 6, lejos de ser únicamente un “festival de sexo” como algunos fans esperaban, muestra a Shane e Ilya en un momento de calma y autenticidad. Esa decisión narrativa me pareció valiosa porque demuestra la capacidad de construir vínculos afectivos profundos y sostenidos. 

Imagen/Frame Rater

Lo que no me gustó:

Dicho esto, Heated Rivalry no es una representación perfecta y algunas de sus limitaciones son importantes de señalar. El principal problema, desde mi perspectiva, es que la bisexualidad de Ilya sigue estando demasiado confinada al espacio privado incluso en el final. Sabemos que es bi; lo vemos actuar como tal, pero el mundo de la serie apenas le da ese reconocimiento.

También me incomodó que, en algunos momentos, la serie roce — aunque no se sumerja del todo — en la idea de que la relación con Ilya “revela” algo más auténtico que las relaciones pasadas de Shane con mujeres. No llega a invalidarlas explícitamente, pero el peso emocional y narrativo está tan cargado hacia este romance que existe el peligro de leer lo anterior como menos real o menos profundo. Considero que esta jerarquización es un problema recurrente en la ficción: amar a alguien del mismo género no debería reinterpretar el pasado como un error.

Aunque la serie logra transmitir que la historia es, en esencia, sobre dos personas que se enamoran a la distancia y que finalmente encuentran un momento de catarsis al estar juntas, me parece problemático que muchos espectadores solo se hayan quedado con las escenas íntimas. Esa recepción limita la lectura del relato y reduce la bisexualidad de Ilya a lo sexual, cuando la narrativa en realidad busca mostrar vínculos emocionales y afectivos más complejos. Lo que no me gustó es que la puesta en escena, al enfatizar tanto la tensión física, facilita que parte del público ignore la dimensión más emotiva de la relación y la representación bi que se sostiene más allá del deseo.

Imagen/Lady Geeks Media

La calificación:

Le otorgo a Heated Rivalry 3.5 unicornios. La serie es un éxito en muchos aspectos: muestra explícitamente la bisexualidad de Ilya Rozanov, la presenta sin caricaturas, la encarna en un personaje complejo y deseable, y la sitúa en un contexto donde realmente todo está en juego. Sin embargo, pierde un unicornio por su timidez al llevar esa bisexualidad al espacio público del relato y por no ofrecer más voces o perspectivas bi dentro de su universo.

Este show ha abierto una conversación necesaria: muchas personas son queer en algún momento de su vida, aunque no siempre lo reconozcan. Yo mismo pasé años presentándome — y creyendo genuinamente — que era heterosexual. Hoy me identifico como bi y, mientras más lo hago, más evidente resulta que, si no existieran tantos constructos sociales y tantas ideas limitantes sobre lo que “deberían” hacer hombres, mujeres y personas en general, habría muchas más personas viviendo su queerness con libertad.

He tenido conversaciones con amigas y amigos que me confiesan ser bi, pero que no se atreven a decirlo públicamente por miedo a la percepción social. La sexualidad es fluida, la atracción hacia múltiples géneros existe y no debería ser algo que solo podamos explorar o nombrar cuando aparece disfrazado en la ficción mainstream. Está bien que estas conversaciones se den, pero no tendrían que darse siempre desde el clóset o desde la perspectiva de la insinuación: lo queer también puede ser gozo, placer y autenticidad, no solo secreto o culpa.Por último, me gustaría resaltar cómo Heated Rivalry puede tener un impacto cultural dentro del género deportivo, tradicionalmente asociado con narrativas heteronormativas. La serie amplía las posibilidades de representación queer en el deporte profesional y contribuye a normalizar la bisexualidad masculina en un contexto mediático donde históricamente ha sido invisibilizada o estigmatizada. Puedes encontrar nuestra entrada sobre esta serie en la sección de Media Bi aquí.