Hola, mis hermosos ratones bi de biblioteca. Espero que todos estén acurrucados con su suéter favorito o bajo una frazada calientita, disfrutando del frío. Yo, por mi parte, ya he sacado mis calcetines de peluche favoritos.
Lo único que me faltaba era un buen libro con el cual acurrucarse, así que decidí revisar mi lista de libros bi para ver si algo me llamaba la atención. Y ahí mismo estaba Rojo, blanco y sangre azul (2019), un romance queer de Casey McQuiston. No sabía mucho sobre la trama — solo que un amigo mío me lo había recomendado por varios meses. Cuando ya estaba lista para leerlo, miré la contraportada en busca de una sinopsis. Justo al principio de las palabras de elogio había un escrito de Taylor Jenkins Reid, una de mis escritoras favoritas. Inmediatamente me arrepentí por no haberlo conseguido antes — sobre todo porque está previsto que pronto se hará una adaptación cinematográfica por parte de Amazon Prime.
Antes de adentrarme demasiado en los detalles, debo comenzar con algunas advertencias de contenido. Esta reseña contendrá algunos SPOILERS, así como una mención al abuso de drogas. Ya sé que suelo abusar de los spoilers en mis reseñas, pero esta vez voy a intentar no hacerlo y no revelar nada de lo que no se hable en la contraportada del libro. Veremos qué tal me sale este desafío.

Rojo, blanco y sangre azul es un efervescente romance queer que se centra en Alex Claremont-Díaz, el ambicioso pero impulsivo hijo de la presidenta estadounidense en turno, que se vio envuelto en un vergonzoso incidente en una boda real junto a su enemigo jurado (el elegante Henry, Príncipe de Gales). Como resultado, Alex se ve obligado a realizar una farsa de relaciones públicas para que ambos parezcan los mejores amigos y así disminuir el daño a la reputación de su respectivo país. Pero tras unas cuantas sesiones fotográficas, su correspondencia empieza a crecer y Alex descubre que Henry es mucho más interesante de lo que su rígida personalidad aparenta. Ambos entablan una relación clandestina que podría afectar a la campaña de reelección de su madre, así como la línea de sucesión real.
En primer lugar, le doy un aplauso a McQuiston por situar a un personaje queer de color en el centro de la narración. No sólo eso, sino que toda la novela está repleta de personajes diversos con diferentes antecedentes de vida. También me gustó mucho cómo Alex se da cuenta de su bisexualidad y cómo el creciente descubrimiento de su orientación no es el principal conflicto de la historia. McQuiston se inspiró en su proceso al salió del clóset para dar vida a las revelaciones de Alex (McQuiston también es bi y no binario — ¡hurra por #nuestraspropiasvoces!) Esto conduce a una epifanía más completa y sutil para él, cuando se percata del porqué no se había dado cuenta antes de su bisexualidad — una revelación familiar para muchas, muchas personas bi. Esto le añade realismo a su historia personal. Si a esto añadimos que no tiene ningún problema en apropiarse del término “bisexual” y que sus seres queridos le apoyan en la exploración de su sexualidad, tenemos un nivel de aceptación precioso, mismo que me gustaría que todas las personas bi pudieran experimentar. (Una vez más, no es que la bisexualidad de Alex sea el meollo del conflicto, sino el momento en que se da cuenta de ello — y con quién descubre esta atracción.)
Aunque el diálogo de McQuiston entre los dos amantes es lo que realmente destaca a lo largo de las páginas, tengo que tomarme un momento para elogiar a la autora por: 1) tomarse el tiempo para representar escenas realistas de sexo con el mismo sexo que muchos las tacharían como “literatura para chicas”, y 2) asegurarse de que el noviazgo se sitúa firmemente en el presente, con una visión moderna a las salidas epistolares en el texto. En términos sencillos, ver cómo crece el amor entre Henry y Alex a través de mensajes de texto y correos electrónicos, tanto por su necesidad de privacidad como por ser veinteañeros que viven al otro lado del mundo, lo cual sienta la base para la fantasiosa premisa.
Aunque Rojo, blanco y sangre azul tiene muchas cosas a su favor — la principal de sus virtudes es su astuto humor, que a menudo provoca carcajadas; mi única objeción no tiene que ver con su maravillosa representación queer, sino con su ritmo. Aunque a menudo avanza a buen paso, hay momentos en los que las descripciones se vuelven muy detalladas entre los diálogos, lo que termina alentando la trama lo suficiente como para que quisiera saltarme ciertos pasajes para seguir con la historia. Y como el libro tiene más de 400 páginas, espero que eso no persuada a los lectores de leer cómo se desarrolla la historia.
Ahora entiendo por qué otros ratones de biblioteca me recomendaron el libro una y otra vez. McQuiston ha tejido aquí una historia bien documentada, entretenida y, en última instancia, encantadora, un maravilloso “qué pasaría si…” en un romance de la juventud queer. Rojo, blanco y sangre azul es un libro con un corazonzote, además de ser hermoso y bi de la mejor manera.