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Club de Lectura Bi: La señora Dalloway

Unsplash/Wan Chen

agosto 28, 2020 · por Jennie Roberson

¡Hola, mis compañeros ratones de biblioteca bi! Estaba repasando mis últimas reseñas literarias y me di cuenta de que había pasado por una racha de… bueno, libros no muy convencionales. Aclaro que no tengo nada en contra de las novelas gráficas
o las biografías profundas, y para nada soy una snob de la literatura. Pero a veces, cuando tienes tiempo libre, es agradable sumergirte en una buena obra de ficción. Más aún si finalmente te decides por uno de esos (supuestamente) relatos “profundos” considerados incluso como un “clásico literario”. Y si podemos encontrar uno escrito por una pionera bisexual que se centra en personajes bi complejos… Bueno, eso para mí es un triunfo.

Aclamada como una de las grandes novelas del siglo XX, La señora Dalloway de Virginia Woolf sin duda impactó la cultura literaria y popular. La historia ha sido adaptada a una película protagonizada por Vanessa Redgrave y también sirvió de base para la novela ganadora del Pulitzer Las horas (1998) de Michael Cunningham, que luego se adaptó a la premiada película homónima. Además, es una obra pionera de la literatura y un triunfo accesible de la técnica del flujo de conciencia.

Antes de profundizar en este análisis, debo advertirles que, como en todas mis reseñas, habrá SPOILERS sobre este libro de 1925. Supongo que 95 años es tiempo suficiente para no preocuparse por spoilers, pero igual: quedan advertidos.

Leí La señora Dalloway por primera vez en la universidad, para una clase de Literatura Modernista. Habíamos analizado la obra de Joyce hasta el cansancio, así que encontrarme con la voz de una importante autora, especialmente como una bi en ciernes, cuando estaba buscando literatura con la que identificarme, me produjo un alivio existencial que todavía recuerdo hoy.

Seré la primera en admitir que La señora Dalloway no tiene una trama muy densa, lo que puede frustrar a algunos lectores. Lo básico de la historia se relaciona con nuestro personaje principal, la socialité Clarissa Dalloway, durante un día de junio de 1923 en Londres, mientras se prepara para dar una elegante fiesta. Pasa el día preparándose y reflexionando sobre su pasado. También conocemos a Septimus, un veterano de la Primera Guerra Mundial que lidia con estrés postraumático, mientras atraviesa su día experimentando flashbacks de su paso por el campo de batalla. Pero la novela es menos un ejercicio de giros argumentales complicados que una exploración de la naturaleza de la emoción y la memoria dentro de la línea de tiempo de una persona.

Dicho esto, la bisexualidad sigue siendo el núcleo emocional de al menos uno de los personajes principales. Clarissa (Dalloway) sabe que, a pesar de la felicidad que le produce sentir atracción (y besar) a su amiga de la infancia Sally Seton, las restricciones sociales de su época hacen que una relación no sea una verdadera “opción” para ella. Sin embargo, también vemos a Clarissa debatirse emocionalmente entre hombres por los que se siente atraída, lo que nos deja pocas dudas sobre su orientación sexual décadas después. Aunque no había leído la novela en años, hasta el día de hoy sigo recordando la imagen del “fósforo ardiendo en adentro de una flor de azafrán” no solo por ser tan poderosa, sino también por lo increíblemente poderosa que es para demostrar la excitación y pasión sáfica que Clarissa siente por Sally.

En contraste, aunque el principal conflicto emocional de Septimus gira en torno a su salud mental ignorada e incomprendida, no hay que pasar por alto las alusiones a su atracción sexual hacia su superior en la guerra, el difunto Evans. No es casualidad que, de todas las personas, Evans sea la imagen que adoptan sus alucinaciones. Aunque parece que el matrimonio de Septimus con Lucrezia solía tener pasión, esta se ha desvanecido a medida que él se siente cada vez más disgustado por los encuentros sexuales heteronormativos. Yo seguiría leyéndolo como un hombre queer — aunque uno profundamente atormentado.

Además, su inusual nombre tiene una capa adicional de presagio para el lector atento: Septimus significa “séptimo” en latín (algo que Woolf sabía y discutía con su famoso Círculo de Bloomsbury, a veces hasta el punto de causar controversias). En el Infierno de Dante, el poeta observa que el séptimo círculo del infierno es el destino de quienes mueren por suicidio — una advertencia etimológica sobre el destino final de Septimus. Estos son los tipos de tesoros que a Woolf le encantaba esconder en su prosa.

Como nota personal, La señora Dalloway se convierte en una lectura mucho más rica y conmovedora a medida que he envejecido y amado a quienes han tomado caminos diferentes. Nos gusta pensar que tenemos montones de pensamientos originales, pero todo el mundo tenemos flashes al estilo de Proust ante la vista de algo (o alguien) que desencadena esos recuerdos. No quiero ponerme demasiado académica al desglosar esta idea, así que en su lugar he transcrito un diálogo de Say Anything de Cameron Crowe que capta la esencia de lo que digo — y de lo que pasa por la mente de Clarissa:

LLOYD:
Está bien, está bien, cálmate.
Nada ha cambiado.

COREY:
Lloyd, escúchame: todo ha cambiado. Has tenido sexo.

No importa lo que pienses, nada volverá a ser igual entre ustedes dos. Puedes tener sesenta años, puedes estar caminando por la calle, y te la encuentras y hablan de lo que sea. Pero lo que realmente estarás pensando es: “TUVIMOS SEXO”.

Claro, Clarissa y Sally no “llegaron a tanto”, pero el encuentro romántico que tuvieron mantiene la misma potencia en la mente de Clarissa.

Por más deliciosa y vívida que sea la lectura de La señora Dalloway, no deja de ser como leer un poema increíblemente extenso. La densidad de las imágenes y los colores literarios que Woolf arroja sobre la paleta de sus páginas es inmensamente gratificante, pero el libro no es exactamente una lectura playera. Aun así, es una lectura queer inmensamente satisfactoria — incluso fuera de los círculos de ex estudiantes de letras.

Al final, me quedé con un sentimiento descrito como sonder. Tan abrumadora como es esa emoción, el deleite en la interconexión y el misterio de cada uno de nosotros elevó mi experiencia de lectura a un plano exquisito de apreciación que rara vez se alcanza.

Ninguna reseña puede hacerle justicia a La señora Dalloway. Honestamente, solo intenté centrarme en los temas importantes para lectores bi, pero hay montones de otros temas aquí que merecen tu exploración. Ojalá que, como Clarissa con sus flores, decidas leerla por tu propia cuenta.