En realidad nunca “salí del clóset”, porque para empezar nunca estuve en ningún clóset. Sin embargo, durante toda mi vida, la gente me ha atribuido una sexualidad que en realidad no tengo — y luego me han dicho que los traicioné.
Mientras crecía en Chicago durante los años sesenta, sentía que no era como las demás chicas. Cuando era adolescente, experimenté una intensa intimidad con mis amigas cercanas que nunca sentí ni deseé tanto de los chicos de mi edad. Aunque todavía no eran románticas ni sexuales, estas amistades adolescentes a menudo eran más profundas de lo que se fomentaba entre las chicas de la época.
Como adulta, tuve dos carreras paralelas. Siempre me consideré ante todo una poeta y una activista feminista. Pero no puedes ganarte la vida haciendo ese tipo cosas. Me dediqué a la enseñanza, lo que me llevó a tener una carrera académica, y aunque estas dos actividades a menudo pueden conectarse mutuamente, me quedé en el mundo académico sobre todo por necesidad. Fue durante estos años de mis veintes cuando me sentí lo suficientemente segura como para explorar plenamente mi sexualidad y empecé a tener relaciones serias y amorosas con personas de ambos sexos.
Dentro de mi familia, mi bisexualidad era algo que se observaba y reconocía, pero nunca se hablaba de ella. Dadas las circunstancias, era lo mejor que se podía esperar. A mis padres no les daba tanta emoción que saliera con mujeres, pero también estaban muy confundidos y poco contentos con quién era yo en general. Querían una hija mexicana muy tradicional que se casara y se convirtiera en madre y ama de casa. Mi padre me decía: “Lo único que quiero de ti son cinco nietos.” No les impresionaba que fuera a la universidad, que obtuviera un máster en la Universidad de Chicago o un doctorado. No entendían de qué se trataba mi poesía o mis libros. Y no compartían nada de mi pasión por el activismo feminista. Así que sus actitudes hacia mi bisexualidad estaban envueltas en que pensaban: “¿Quién es esta persona y qué ha hecho con mi hija?” Tuvieron un nieto, mi hijo, que nació en 1983, pero no podían hacerse a la idea de mi decisión de criarlo como madre soltera y no depender de un hombre.
Durante todo este tiempo, nunca le puse una etiqueta a mi sexualidad. Simplemente vivía mi vida y quería a la gente que quería. Entonces, a los 30 años, empecé a salir con una escritora lesbiana y figura pública. De repente, pasé a ser conocida publicamente como lesbiana y “mujer radical de color”. Al día de hoy, escritores, académicos y periodistas todavía me describen erróneamente como una mujer lesbiana debido a esa relación en particular.
En aquella época (durante la década de 1980), cualquier mujer que participara en el tipo de círculos de activistas feministas en los que yo me movía era considerada una mujer lesbiana. Si eras una feminista sin pelos en la lengua, la gente asumía que tenías que odiar a los hombres, lo que le hacia pensar a la gente que tenías que ser lesbiana. Las cosas se pusieron turbulentas para mí cuando se hizo evidente que también me atraían los hombres y que mantenía relaciones con ellos. La gente empezó a mirarme con confusión, frustración e incluso hostilidad. Tenía que ser “una de las otras” (heterosexual u homosexual). En lugar de verme como la mujer bisexual que era, mucha gente me veía como una especie de traidora a la causa lesbiana y heterosexual.
En estos círculos, la bisexualidad se observaba con mucha sospecha. Trataban mi bisexualidad como si fuera un plan calculado para cuidar mi imagen pública saliendo con quien me hiciera quedar mejor o me ayudara a salir adelante. Cualquier postura intermedia era percibida peyorativamente como “liberal” en lugar de radical — como una especie de centrismo sexual que es un anatema para las sensibilidades radicales del “todo o nada”. No creían que la bisexualidad fuera una orientación real, sino que era simplemente una manera de que oportunistas sin principios salieran adelante engañando a los mundos hetero y gay para que los aceptaran al mismo tiempo. La actitud constante a la que me enfrentaba era “bueno, ¿es o no es?” Hubo lugares y campus a los que no me invitaron, y puestos en la facultad que no pude conseguir, antologías en las que nunca me incluyeron y premios literarios de los que fui excluida por ser bisexual y no lesbiana.
Dicho esto, he tenido la suerte de tener una distinguida carrera como poeta y escritora. Ser bi me causó algunos problemas adicionales de vez en cuando, pero también me dio la capacidad crucial de ver muchos temas desde múltiples perspectivas, lo que ha influido en gran parte a mi trabajo y le ha añadido una profundidad más matizada que de otro modo no habría obtenido.
Sólo en los últimos diez años, más o menos, he empezado a utilizar el término “bisexual” para describirme. Las nuevas generaciones, con una mentalidad menos rígida, han facilitado la aceptación y la comprensión de la bisexualidad, lo que ha sido maravilloso. Siempre he creído que la mayoría de la gente es bisexual. La sociedad nos dicta que debemos “escoger un bando”, pero si se nos diera la opción de seguir dondequiera que nos lleven nuestras atracciones, sin ningún castigo al ostracismo, creo que mucha más gente sería abiertamente bi. Estoy muy contenta de haber empujado contra las corrientes de la cultura de la época cuando era joven y no podría estar más agradecida con las generaciones más jóvenes por querer hacer más para cambiar las cosas.
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